Estela, ya cansada de tratar de localizar a su esposo, se sentó. Las hormonas le jugaban una mala pasada. La incomodidad de sus senos hinchados la hizo adoptar una posición fija en su sillón reclinable.
El sentimiento de traición no la llevaba a pensar con claridad. En esas circunstancias, embarazada, quejumbrosa e inflamada, con el mínimo acto explotaba.
Sin embargo, la vocecita en su cabeza le gritaba enloquecida que eso no era nada mínimo. Su esposo, el hombre que juró cuidarla, protegerla y