Los minutos pasaban y en la sala de la casa Karsson el silencio incómodo se prolongaba. Ariadna seguía con la mandíbula caída por la repentina petición de su esposo.
En el instante en que las carcajadas de Nathan resonaron en la sala de estar, los ojos de la chica mostraron un pestañeo ansioso.
—¿¡Qué!? —le preguntó ella, sin entender el motivo de su sonrisa burlona.
Su marido se pasó la mano derecha por la boca. Tan pronto como pudo detener sus risas, se aclaró la garganta. Y con un tono de vo