En cuanto el semáforo marcó el alto, Nathan bajó el volumen de la música e inclinó la cabeza hacia Ariadna.
—Te tomas muy en serio tu papel de mi esposa. —Una sonrisa torcida apareció en sus labios—. Me gusta.
—¡No es eso! —lo contradijo con las mejillas arreboladas—. Es que se me hace terrible que finjas ser amigo de ese hombre y que a sus espaldas le hagas otros “favores” a su mujer.
—¿De verdad eres tan ingenua? —Negó con la cabeza, su sarcasmo era notable.
Ella desvió la mirada.