“¡Maldita sea, que no te conozco!”, le había gritado él.
Sus palabras llenas de frustración y rabia. Sus palabras completamente reales.
La mentirosa era ella. La que lo había orillado a hacer algo que no quería era ella. La obsesionada. La enferma. La maldición de su existencia. Por eso la odiaba con tanta pasión, con tanta fuerza.
Era una loca.
Y no podía hacer otra cosa que pensar en su propio padre y en la manera en que torcía la boca con desprecio cada vez que, por error, su madre, la ve