—¿Demasiado, querida? —esbozó una sonrisa de incredulidad—. No es nada, un capricho. El mío. Me encantaría que lo uses. Y estoy seguro que mueres por vestirlo—incitó, apostando a su debilidad.
—No estoy segura, Milo. Claro que me fascina.
—Es hermoso, realmente bello. Se verá perfecto en ti.
La férrea negativa a aceptar nada se vio removida por la ilusión que vio sus palabras. La vocecita malévola que conspiraba en su mente le susurró que no era tan terrible. Un vestido, un regalo. ¿Era tan mal