Se detuvo a unos pasos de mí. El bosque estaba en silencio, salvo por el canto de algunos grillos que empezaban su melodía nocturna. Mantuve la cabeza baja, con la mirada fija en el musgo.
—¿Qué haces aquí afuera? —preguntó. Su voz no sonaba cruel ni burlona como de costumbre. Era solo profunda y firme.
—Solo quiero quedarme aquí —susurré. No quería mirarlo porque todavía tenía los ojos hinchados.
Se acercó más. Se paró justo frente a mí, tapando el último rastro de luz solar. Era tan alto