El sol ya estaba alto, cayendo a plomo sobre la camioneta mientras avanzábamos por las sinuosas carreteras de montaña. Dentro de la cabina todo parecía perfecto... por fuera. Mi mamá y Draco prácticamente irradiaban felicidad en los asientos delanteros, mirándonos de reojo a través de los huecos del equipo de campamento con grandes y despistadas sonrisas.
—Debo decirlo, Draco —comentó mi mamá alegremente, con la voz llena de orgullo—. Me hace tan feliz ver que estos dos por fin se llevan bien.