Me giré bruscamente y mi espalda golpeó los azulejos fríos de la pared de la ducha. Ford estaba allí, completamente desnudo, con el agua resbalando por su pecho tatuado. No había hecho ni un ruido. Había burlado la cerradura como si nada.
Empujé su pecho, intentando zafarme de su agarre de hierro. Mis manos resbalaban sobre su piel mojada.
—¿Qué haces aquí, Ford? ¡Lárgate! —siseé, con la voz como un susurro roto sobre el sonido del agua.
—He venido a verte —dijo. Su voz era calmada. Era la voz