Xercer no dijo nada. Solo observaba, con la punta de su puro brillando roja en la penumbra.
El hombre se bajó los pantalones. Cayeron a sus tobillos en un montón. Se paró entre mis piernas, grueso y con aspecto furioso.
Frotó la cabeza de su polla contra mí, provocando mi entrada hasta que empecé a temblar. Luego, se hundió en mí. Era enorme, estirándome hasta que dolió. Pero incluso mientras me llenaba, sabía que no era nada comparado con el hombre sentado en aquella silla. Podía sentir la