No hubo transición, no hubo una caída progresiva ni un desvanecimiento que suavizara el cambio, fue un quiebre absoluto, una ruptura tan limpia que por un instante no supe si seguía de pie, si el suelo continuaba bajo mis pies o si todo lo que conocía acababa de desprenderse de golpe, porque el mundo no desapareció, se reconfiguró, se dobló sobre sí mismo de una forma imposible de sostener con lógica, y en medio de ese colapso silencioso, lo único que permaneció fue la sensación de estar siendo