El resto del día no ofreció tregua, no porque algo extraordinario ocurriera en apariencia, sino porque todo se volvió insoportablemente consciente, cada gesto medido, cada silencio más denso de lo normal, como si la casa entera hubiera aprendido a respirar al ritmo de lo que estaba ocurriendo entre nosotros, y mientras intentaba mantenerme dentro de esa estructura que Jake había impuesto con una frialdad que no era indiferencia sino contención, la sensación de estar caminando sobre algo frágil