Abrí la puerta con una calma que no sentía, con el pulso todavía desacompasado y la respiración contenida como si bastara con controlarla para borrar lo que acababa de pasar detrás de mí, pero nada desapareció realmente, seguía ahí, adherido a mi piel, a mi mirada, a ese espacio que ahora tenía que atravesar fingiendo normalidad mientras mi madre me observaba desde el otro lado con esa mezcla de dulzura y análisis silencioso que siempre me había resultado imposible de descifrar del todo.
—Tarda