Sibel miró a su padre con pánico.
—Papá… ¿Qué? —pero Armand negó varias veces como si intentara decirle que no creyera.
Iván caminó rápido para llegar a ellos, y sacudió a Sibel para tomarla del brazo.
—Es hora de irnos…
—No… Iván… te lo suplico… no… —Armand abrazó a Sibel por la cintura, y ella no pudo contener sus lágrimas.
—¡Déjala! —Iván gritó, y luego sacó un arma que apuntó su cabeza.
Pero, aun así, Armand se arrodilló abrazando a su hija.
—Te lo ruego, no la lastimes, ella no tiene la c