- Lo amo –besé su cuello–. Permítame estar a su lado, por favor.
- Vanesa –exhaló sin moverse–. ¿Me amarás cuando no pueda caminar? ¿Acaso vas a soportarme cuando me convierta en un anciano inútil?
- La edad son solo pretextos suyos –enfaticé rozando mi nariz con la fina textura de su cerviz.
- Tengo 40 años.
- ¿40? ¿Años? –Susurré estupefacta. Creí que tenía 30, 33 como máximo. El tiempo había sido benévolo con él.
- ¿Te asustaste? –Una ligera risa osciló su cuerpo–. ¿Sigues pensando lo mismo