—Hable con mi padre, no hay problema con eso.
—Como usted diga.
—¿Se siente bien? — Acercándose a ella, quien estaba sentada dentro de su oficina. Elizabeth no podía creerlo, estaba tan tranquilo, no explotaba, no la atacaba. En cambio, se mostraba dócil, demasiado manso, lo cual era totalmente contrario a su personalidad.
—Sí, señor, ¿Está enfermo? —Toco su frente para verificar que no tuviera fiebre.
—No, pero gracias por preocuparte—Acariciando su mano, para bajarla, era algo torpe, pero seg