31. Quieres una explicación
El aura que expulsaba era venenosa, ácida.
Sus ojos encendidos como dos brasas ardiendo.
El auto avanzaba con velocidad por la ciudad de Nueva York que, por un momento, pareció detenerse. Sí, la ciudad que nunca duerme durmió para nosotros. Su postura se volvió más tensa. Su aire daba un control silencioso lleno de posesividad.
—¿No piensas responderme? —farfulló entre dientes.
Giré la cabeza hacia la ventana. Intentaba, de manera idiota, que su presencia no me afectara.
—Oliver… lo que hag