Sin necesidad de alzar la vista, ya sabía que Mateo me estaba mirando.
¡Qué ridículo! ¿No que yo era la mala y ni quería tocarme? ¿Entonces por qué me miraba tanto?
Solo de recordar cómo anoche me empujó con tanta fuerza, todavía me dolía la cadera.
Cuando lo vi, el poco buen humor que tenía se me fue al carajo.
Y justo entonces, una voz toda melosa sonó:
—Mateo...
¡Qué asco! Se me erizó toda la piel y mi humor se puso peor.
Era Camila, que ni siquiera había terminado de arreglarse. Con el cabel