No estaba preparada y, por un descuido, me moví hacia adelante. Gracias al cinturón de seguridad, pude evitar golpearme contra el vidrio.
—¡Bájate del carro!
Ni bien reaccioné, Mateo ya me estaba exigiendo que saliera del vehículo.
Miré al exterior, observando el tráfico y el poco tiempo que me quedaba. Me acerqué a él, intentando hablar en voz baja:
—¿Podrías llevarme hasta…?
—¡Te dije que te bajes!
Mateo volvió a gritar, esta vez con más urgencia, pero en un tono más bajo.
Quedé