No respondí nada.
Mateo me tomó de la mano y me llevó afuera.
Desde la habitación todavía se oían los gritos de Camila, llenos de dolor y rabia, un sonido realmente perturbador.
Yo también sentía cierta inquietud. No podía dejar de pensar en que Camila había perdido el control y me preocupaba lo que pudiera hacer.
Salí de la casa, con mil cosas en la mente.
Miré a Mateo y noté que él también estaba pensativo, con los labios apretados, sin decir una palabra.
Sin decir nada, encendió el auto, y sa