Mateo estaba recargado en el capó del auto, con un abrigo negro. En medio de la nieve, era imposible no notar su porte.
Tenía una mano en el bolsillo y con la otra sostenía el celular mientras hablaba conmigo.
—¿Bajas? —preguntó, levantando la vista hacia mí.
Estaba algo lejos, así que no podía ver bien su cara, pero sentía que estaba sonriendo.
Me mordí los labios y le pregunté a propósito:
—¿Y para qué?
—Para una cita.
Mateo respondió, contento. Su voz, suave y cálida, era música para mis oído