—¡Aurora, de verdad eres tú! —Camila me miró con una expresión exagerada—. Pensé que esa espalda parecía la tuya, ¡y pues resultó ser cierto! ¿Por qué estás sentada sola en la acera?
Si Camila estaba aquí, ¿entonces Mateo también?
Efectivamente, Camila jaló a Mateo desde detrás de mí.
—Mateo, mira, ¡es la señorita Aurora!
Mateo me miró en silencio, sin expresión en su cara, como si yo fuera una completa extraña.
Camila de repente agitó su brazo y dijo con tono de coqueteo:
—Ay, Mateo, después de