—No, me alteré porque...
—¡Basta!
Mateo me interrumpió, impaciente. Noté su molestia al instante, sus cejas oscuras y su puño cerrado lo delataron.
Tragué saliva y, sin querer, di un paso atrás, mirándolo de frente.
Él también me miró unos segundos, con esos ojos penetrantes, y de pronto empezó a reírse:
—Aunque quieras que él venga a salvarte, da igual. No va a venir. Michael apostó todo en esa película: tiempo, dinero, personal. Pero le salió el tiro por la culata. No es que no vaya a salir es