Mientras Mateo jugaba con un mechón de mi cabello, murmuró en voz baja:
—Te digo que eres ingenua y ni así lo reconoces. Mejor te lo aclaro ahora... aunque te conviertas en una cerda gorda, no voy a dejarte.
—Vaya, sí que estás desesperado... ni una cerda se salva de ti —me burlé de inmediato.
La mirada de Mateo era señal de peligro.
Giré la cara y no dije nada más.
Igual, lo que dije antes era una mentira.
Eso de que quería engordar para que él me dejara... solo fue un cuento para engañarlo.
Ah