Por instinto, aparté su mano de un manotazo.
—¡No me toques!
Su mano cayó a un lado. Sus dedos largos se cerraron un poco, como si se aguantara algo.
Luego me miró con desprecio y dijo, con una sonrisa que reflejaba su odio:
—Mira tú. Eso de disculparte no fue más que un intento por agradarme ahora que soy exitoso. Si yo siguiera siendo el mismo tipo que todos despreciaban, tú, Aurora, seguro ni me mirarías, ¿verdad?
Su expresión era burlona, y el odio seguía encendido en sus ojos.
Apreté los di