Yo tampoco lo negué. Sabía que, si intentaba ocultarlo, solo empeoraría las cosas.
Lo miré de reojo y, con voz tranquila, pregunté:
—Si ya sabías, ¿entonces para qué me trajiste a la ceremonia?
Mateo me sonrió, con sus ojos destilando puro desprecio.
—Te traje solo para que entiendas que, aunque le digas al mundo entero que te tengo encerrada, nadie va a poder salvarte. Lo único que quiero es que entiendas, de una vez, que huir de mí es imposible.
Así que ese era el verdadero motivo.
Me pregunta