No gritó.
No me amenazó con palabras insultantes ni con esa voz cortante.
Solo me sonrió y dijo en un tono tranquilo:
—¿De verdad... no quieres tener un hijo conmigo?
—Yo… —Bajé la cabeza, sin saber qué decir.
Volvió a sonreír, como si se estuviera burlando de mí, o tal vez... de sí mismo.
—Nunca podré tener un hijo contigo, nunca. ¿Contenta?
Su voz sonaba tan triste y decepcionada, que me dolió en el alma.
—Parece que de verdad me odias con todo lo que tienes. Prefieres no ser mamá antes que te