Mateo de pronto me puso boca arriba, y luego se colocó encima de mí.
La luz de la luna se metía a través de las rendijas de las cortinas.
Pude ver sus ojos negros y brillantes, profundos como si pudieran absorber el alma de cualquiera.
De pronto, bajó su cara y susurró cerca de mi oído. Ya no había seriedad en su voz, solo una inesperada ternura.
—Está bien, está bien, tú no quieres... pero yo sí.
No respondí.
Esa repentina ternura de Mateo me desarmó por completo.
Sin darme cuenta, ya me había