Mateo suspiró y dijo con sarcasmo:
—Aunque tenga mal genio, ¿te he hecho algo? ¡Eres bien malagradecida!
¡Ja!
¿No me ha hecho nada?
¿Ya se le olvidó cómo me hace sufrir en la cama?
Bah, ¡ya ni modo!
Él es el altísimo presidente y yo solo una secretaria cualquiera. Si le digo algo, solo me meto en problemas.
Mateo suspiró otra vez, como si fuera a gritarme.
A un lado, el dueño de la tienda sonreía, incómodo.
—Pues la verdad, ella no dijo cosas tan feas de usted. Además, si quiere salir con ella,