—¡No, de ninguna forma! —refuté rápidamente. —¿Cómo puedes siquiera creer que tendría algo con él? ¡Por supuesto que no!
Mateo se rio suavemente. Era una risa de que no me creía ni una palabra.
Estaba arrepentidísima. Si hubiera sabido que eso es lo que se iba a imaginar, no lo hubiera dejado contestar y ya.
Y, como si el destino se estuviera riendo de mí, el celular volvió a sonar. Era Alan, otra vez.
Mateo levantó una ceja, y me miró de reojo.
En ese momento, me quedé muda. Solo señalé el