La señorita Alma dejó escapar un leve resoplido por la nariz, con ese aire despreocupado y orgulloso que la caracterizaba:
—No hace falta. Me sobra el dinero.
Después de decirlo, alzó la mirada hacia "Darío", que estaba a mi lado.
Esa mirada… como un hilo helado, fino y cortante, que se enroscaba en el pecho y lo tensaba sin motivo.
Sus ojos permanecieron unos segundos más sobre "Darío" y sobre mí, con una intención difícil de descifrar… y esos segundos fueron suficientes para ponerme nerviosa.