Seguían perdiendo el tiempo con esa falsa cordialidad… Quién sabía cuánto más pensaba quedarse ese viejo zorro.
Volví a mirar de reojo a “Darío”, y el corazón se me apretó con dolor.
Estaba tan herido y ni siquiera había sido tratado, y aun así llevaba todo este tiempo sosteniendo el papel de Darío.
Cuanto más lo pensaba, más angustia sentía y el pecho me dolía cada vez más.
Mientras me repetía una y otra vez que ojalá ese viejo se largara de una vez, el señor Felipe de pronto volvió a mirarme.