Su actitud me dejó por completo desconcertada. Luego, escuché que le dijo al señor Felipe:
—Señor Felipe, ya les di su merecido a esos dos desgraciados. Yo diría que dejemos el asunto hasta aquí —mientras hablaba, se limpiaba la sangre de la cara con el dorso de la mano, y habló mezclando indignación con una aparente clemencia—. Además, esta mujer ya lo traicionó. Merece morir. No vale la pena matar a los nuestros por una mujer así… ¿no cree?
Cuando lo escuché, por fin lo entendí. Mateo primero