Tampoco hacía falta avisarle a Mateo, ya que había demasiada gente presente; decir de más solo iba a hacer que se notara. Además, con la situación como estaba, Mateo seguramente ya había deducido el desenlace y también entendía por qué yo intentaba huir.
Sin embargo, justo cuando iba a escabullirme entre unos arbustos, una mano grande me sujetó la muñeca.
Al principio me asusté, pero cuando volteé, vi que era Mateo. En el centro del salón, el señor Felipe estaba mirando hacia nosotros y, no muy