Javier no dijo nada. Me miró en silencio, con una intensidad que ponía incómoda, como si supiera exactamente lo que pensaba.
—Siempre creí que la mala era solo tu hermana. Pero no… ustedes son iguales. Mezquinos, despreciables, crueles. Siempre repites que de niños yo te di ánimo y cariño, pero si hubiera sabido que algún día me ibas a perseguir así, y que incluso serías capaz de hacerme daño… habría preferido no conocerte jamás —dije, con una sonrisa irónica.
Apretó el puño con fuerza; sus ojos