—Ja, ja… ¡con lo que dices ya me dieron ganas otra vez! —le gritó Darío.
Cuando escuchó eso, él se frotó las manos y me dio una mirada obscena mientras se acercaba para jalarme. Yo le seguí el juego, llorando y gritando que no. El señor Felipe nos miró a los dos con una expresión que decía mucho.
—Darío, acuérdate de medirte un poco, ¿eh? Ja, ja, ja…
Los guardaespaldas que estaban cerca también se rieron fuerte, muy malintencionados. Por fortuna, el señor Felipe no se demoró en irse y se llevó a