Cuando Darío me empujó, la verdad es que no usó mucha fuerza. Fui yo la que, a propósito, me tambaleé para chocar contra el señor Felipe.
El señor Felipe, por reflejo, se apartó enseguida. Por suerte, yo también estaba actuando y supe controlar el movimiento: no caí haciendo el ridículo, sino que aproveché el impulso para apoyarme en el borde de la cama que estaba detrás de él.
Cuando vio lo que pasaba, Darío lo miró completamente desconcertado.
—Señor… ¿por qué se apartó? —dijo—. ¿Es que le da