En cuanto abrí la puerta del baño, Darío estaba de pie frente a mí, serio y tenso.
Sin embargo, cuando vio las marcas en mi cuello, se quedó inmóvil durante un segundo. Enseguida, en sus ojos pasó fugaz un destello de aprobación y una alegría apenas perceptible, tan rápida que casi parecía una ilusión.
Al instante, ya me estaba gritando:
—¿Tanto tiempo para bañarte? ¿Qué, querías sacarle flores al agua?
Retrocedí un paso, fingiendo miedo. Me aferré con fuerza al cuello del albornoz, bajé la cabe