En cuanto Henry terminó de hablar, escuché una risa perezosa de repente.
Al instante, Henry se tensó entero y se quedó mirando fijamente hacia la puerta. Ya de por sí su figura era erguida; al ponerse tenso así, parecía un poste de luz.
Me aparté enseguida para no bloquear la vista de la señorita Alma hacia Henry. Con solo una mirada de ella, él volvió a bajar la cabeza, sin remedio, inseguro y retraído ante ella como siempre.
Aun impactada, tomé la iniciativa de saludarla:
—Señorita Alma, bueno