Mateo seguía herido y, además, estaba completamente solo en un país extraño, sin ayuda de nadie. Seguramente ya había intentado todos los planes que se le ocurrieron para ayudarme. Por eso mismo, yo tampoco podía dejarle toda la carga a él; tenía que buscar la manera de salir de ese encierro por mi propia cuenta.
Pasaron tres días más de calma y, en todo ese tiempo, Mateo no apareció. Pero en lugar de sentirme decepcionada, me sentí aliviada e incluso feliz, pues la tensión que sentía comenzó a