Con la vista borrosa, vi a Mateo soltar el humo del cigarro mientras me miraba en silencio, con esa mirada tan amenazante.Temiendo que se desesperara, ni pensé en descansar. Agarré la quinta copa.
Pero, justo cuando iba a tomarla, una mano grande me agarró la muñeca.
Era Michael, con una mirada que no podía entender:
—Aurorita, ya no más. No necesitamos esta inversión.
Intenté soltarme:
—Déjame. Te dije que lo haría, y lo voy a cumplir. Faltan cuatro, no voy a dejarlo a medias. Sería como si las