Justo cuando me estaba alejando, Mateo me agarró la mano de repente, envolviéndola con su palma caliente. Quedé sorprendida, aguantando la respiración, con miedo de arruinar ese momento de paz. Sin embargo, él no despertó; su brazo, que estaba sobre mi cintura, incluso me atrajo inconscientemente más cerca.
—No te vayas, Aurora... no te vayas... —me susurraba con su voz ronca, rendida del cansancio.
Él me suplicó de corazón con cada palabra; los ojos se me llenaron de lágrimas. Lo abracé fuerte