Antes de que pudiera decir algo, Mateo ya había alzado la voz de forma brusca. Su tono áspero rompió el silencio del salón:
—¿Y esto qué es, señor Ricardo? ¿Nos hace venir en plena noche solo para tomar este maldito té?
Y encima escupió al piso.
Esa acción dejó a la señorita Renata atónita. Señaló el suelo, temblando de rabia.
—¡Tú... tú... escupiste! ¡Qué asco! ¡Es repugnante! ¡Alguien que saque a estos dos de aquí ahora!
—Eh... —Ricardo la detuvo con un gesto, sonriendo—. El señor Darío siempr