Samuel aún no podía creer su suerte.
Se había casado con la mujer que amaba y, por fin, podrían compartir una vida juntos.
Aquel pensamiento lo acompañó desde el momento en que salió de casa hasta que cruzó la entrada de la empresa. Apenas había dormido, pero eso no importaba. Todo lo que quería era que el tiempo pasara rápido para volver a casa… o, mejor aún, almorzar con su esposa.
—Buenos días, señor —lo saludó el guardia de seguridad, con respeto.
—Buenos días —respondió Samuel distraído.