Al oír el nombre de Lidia, Óliver se quedó paralizado unos segundos.
Había oído hablar mucho de ella en los dos últimos años, y era una mujer que destacaba en su trabajo.
Con muy buena tolerancia al alcohol y muy sociable.
En muchos aspectos, Lidia y Laura eran muy parecidas.
Era una pena que no fuera Laura.
—Iré a saludar a la gente.
—De acuerdo, señor Silvestre.
A la mañana siguiente, durante el desayuno, Luis removió distraídamente la leche de su vaso.
El temperamento del hombre era cálido y