Annika se despojó de su ropa con lentitud, bajo la atenta mirada del hombre que no dejaba de mirarla con un hambre voraz y una salvaje calma que le hacía hervir la sangre a más no poder. Su corazón latía cada vez más errático y no iba a negar que tan solo con esa mirada fija en su cuerpo la tenía caliente y a punto de hacer ebullición.
Se quitó las zapatillas, seguido de las medias, el jean, el saco y la corta blusa que siempre usaba bajo la camisa del trabajo. No solía usar sostén, por lo que