—Estoy asfixiándome por la ausencia de mi mujer.
Sin entender por qué, en este lugar me permití soltar las lágrimas que he acumulado durante esta semana, salían y salían silenciosas, no me importó eso de que los hombres no deban llorar.
Ese perjuicio arcaico enraizado en mi mente lo hice a un lado. El cura me permitió un momento de liberación, pasado los minutos, cuando vi que venía la empleada, limpié de rapidez mis lágrimas y volví a mi estado normal.
—Gracias, Mila. —volvimos a quedar solos.