¡Lo sabía!, le di la vuelta a mi mujer, la besé y en ese instante me quebré, me alejé un poco, y el hombre hermético, psicorrígido, serio, ahora lloraba sobre el pecho de la mujer más bella del mundo, mi esposa, puse mi mano en su vientre.
No dije nada, solo dejé salir la última gota de dolor por este mal episodio y recibiendo lo nuevo. —Las manos de María Joaquina jugaban con mi cabello mientras yo seguía acariciando su vientre—. Cuando logré calmarme un poco. La miré.
—Viene mi castañita de o