—Te dele papi.
Su manita acarició la mejilla donde su madre hace unos minutos me había golpeado. Era una sensación extraña, el orgullo pisoteado delante de tus hijos, pero no puedes reprochar nada, yo llevé a María Joaquina hasta este punto.
Desperté el irrespeto entre los dos, yo y solo yo soy el culpable, mi mujer se encontraba herida y duele profundamente saber que soy el causante. Besé la cabecita del niño.
» ¿No dele? —negué.
—Te amo. —mientras lo abrazaba los ojos se me humedecieron, no s