Cuando llegué a Villa del Sur, ya casi era medianoche.
Había poca gente en la salida de la estación.
Salí arrastrando la maleta, y el viento frío me escocía los ojos.
Cuando encendí el teléfono de nuevo, no paraban de aparecer notificaciones de llamadas perdidas.
También había un mensaje de texto:
“Victoria, contesta el teléfono.”
Dos minutos después, otro:
“¿Dónde estás?”
Más tarde, el tono ya no sonaba como una orden:
“No sigas con esto, voy a buscarte.”
Me quedé mirando el mensaje durante mu