Un año después, di un concierto de piano en el extranjero.
La última pieza se llamaba “Las estrellas del ayer”.
La sala estaba llena de gente.
Cuando la luz cayó sobre mí, ya no pensé en Ricardo.
Solo pensé en mí misma.
En esa chica que escribió noventa y nueve cartas en secreto.
En lo torpe que fue, en lo sincera que fue y en lo mucho que llegó a amar a una persona.
Y también en cómo, por fin, salió de aquella larga tortura que ella misma se había impuesto.
Cuando terminó el concierto, los apla